LA SIRENA. Giuseppe Tomasi di Lampedusa

 

 

Esta historia forma parte de un delicioso libro llamado “Relatos”. En él, Lampedusa deja volar su imaginación y recrea el mundo meditérraneo encarnado en Sicilia: sus colores, sabores, sus tradiciones, sus mitos y sus gorgonas, bien a través de precisosos cuentos como el que da nombre o a través de unos capítulos en los que recrea su infancia en la villa de Sta Margherita, un lugar ya descrito en su magistral novela El Gatopardo.

 

En este párrafo del cuento, el Senador La Ciura añoso profesor de helenística, le habla al joven Paolo Corbèra de Ligeia, una sirena, un ser fantástico con el cual llegó a vivir en su juventud una historia de amor:


 

” …Ya te lo he dicho, Corbèra: era un animal, pero al mismo tiempo también era una Inmortal, y es una pena que resulte imposible expresar con palabras esa síntesis como, con absoluta simplicidad, la expresaba ella continuamente con su cuerpo. No sólo porque en el acto carnal manifestaba un regocijo y una delicadeza opuestos al mísero frenesí animal, sino porque también sus palabras tenían esa poderosa eficacia inmediata que sólo he encontrado en algunos, poquísimos, grandes poetas.

No en vano era hija de Calíope: aunque ajena a toda cultura, ignorante de toda sabiduría, reacia a cualquier barrera moral, Ligea pertenecía, sin embargo, a la fuente de toda cultura, de todo saber, de toda ética, y sabía expresar sus superioridad innata con un lenguaje a la vez áspero y bello. “Soy todo porque sólo soy corriente de vida, carezco de accidentes; soy inmortal porque en mí confluyen todas las muertes, desde la de la merluza que acaba de morir hasta la de Zeus, y reunidas en mí se transforman otra vez en vida, una vida ya no individual y determinada, sino total y, por tanto, libre”. Y añadía: “Eres joven y bello; deberías seguirme ahora al mar y te librarías de los dolores, de la vejez; vendrías a mi morada, bajo los altísimos montes de aguas inmóviles y oscuras, donde todo es silenciosa quietud, tan natural que quien la posee ni siquiera la percibe. Yo te he amado y, recuerda, cuando estés cansado, cuando ya no puedas más, sólo tendrás que asomarte al mar y llamarme: yo siempre estaré allí, porque estoy en todas partes, y tu anhelo de sueño será satisfecho”

Me contaba cómo era su vida bajo el mar, me hablaba de los barbudos Tritones, de las glaucas grutas, pero me decía también que ésas eran vanas apariencias y que la verdad estaba mucho más al fondo, en el ciego y mudo palacio de aguas informes, eternas, sin resplandores, sin murmullos.

Cierta vez me dijo que estaría ausente mucho tiempo, hasta la noche del día siguiente. “Tengo que ir lejos, hasta el sitio donde sé que encontraré un regalo para tí”.

Volvió, en efecto, con una espléndida rama de coral, purpúrea e incrustad de conchas y mohos marinos. Durante mucho tiempo conservé esa rama en un cajón, y cada noche besaba los sitios en que recordaba que se habían posado los dedos de la Indiferente, es decir, la Bienhechora.

También me hablaba de los no poco amantes humanos que había tenido durante su milenaria adolescencia: pescadores y marineros griegos, sicilianos, árabes, capriotas, y también algunos naúfragos, que había encontrado a la deriva sobre restos semihundidos, y a quienes se les había aparecida por un instante entre los relámpagos de la borrasca para convertir en placer su último estertor.

……

Aquellas semanas de pleno verano transcurrieron con la rapidez de una sola mañana; y cuando pasaron me di cuenta de que, en realidad había vivido siglos. Aquella muchachita lasciva, aquella cruel fierecilla, también había sido una Madre muy sabia que con su sola presencia había desarraigado creencias, disipado metafísicas; con sus dedos frágiles me había mostrado el camino hacia el verdadero eterno reposo, y tambien hacia un ascetismo de vida, debido no a la renuncia sino a la imposibilidad de aceptar otros placeres inferiores. Seguro que no seré yo el segundo en desoir su llamada, no rechazaré esa especie de Gracia pagana que me ha sido concedida.

Por su propia violencia, aquel verano acabó pronto. Poco después del veinte de agosto empezaron a aparecer las primeras, tímidas nubes, cayeron algunas gotas aisladas, tibias como sangre. Las noches fueron una sola sucesión, en el lejano horizonte, de lentos, mudos relámpagos que se concatenaban entre sí como los pensamientos de un dios. Por la mañana, el mar color de tórtola se lamentaba por sus secretas cuitas, y por la noche se encrespaba, aunque no se percibiera brisa alguna, en una escala de grises humo, grises acero, grises perla, todos muy suaves y más amables que el esplendor de antes. Lejanísimos jirones de niebla rozaban las aguas: quizá en las costas griegas ya llovía. También el humor de Ligea mutaba del esplendor a la amabilidad del gris. Pasaba más tiempo callada, durante horas permanecía tendida sobre un escollo mirando el horizonte ahora inquieto, se alejaba poco. “Quiero quedarme aquí contigo; si me alejase de la costa, mis compañero marinos no me dejarían volver. ¿Los oyes? Me llaman. Hacen sonar sus conchas, llaman a Ligea para las fiestas de la tempestad”

 

 

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