CUCHULAIN DE MUIRTHEMNE

 

Este libro* fue escrito por Lady Gregory en 1902 en un intento de dar a conocer y rescatar del olvido una figura de la tradición celta: Cuchulain, un héroe al estilo del Herakles griego aunque posiblemente anterior en el tiempo. Lady Gregory hablaba gaélico y fue una gran investigadora de la tradición oral irlandesa.

En la historia, Cuchulain (de niño llamado Setanta) da muestras desde su infancia de una fuerza extraordinaria y realiza grandes hazañas entre su pueblo. Con la belleza de todas las narraciones legendarias va describiendo la vida del héroe que más tarde adoptaría el nombre de Cuchulain: tribus, lugares, nombres míticos de reyes y druidas …

Curiosamente, en dos párrafos se describen dos juegos infantiles en los que podríamos identificar los precedentes del fútbol y el tenis:

 

«Así fue caminando, hasta que llegó al prado de Emain Macha, y allí vio a ciento cincuenta hijos de rey que jugaban a la pelota y aprendían proezas de guerra. Entró en medio de ellos, y cuando tuvo cerca la pelota la cogió entre los pies, y la llevó rodando, sin que nadie de lo pudiera impedir, hasta lanzarla más allá de la marca. Grandes fueron la sopresa y el enojo de los otros cuando vieron lo que había hecho, y el hijo del rey Conchubar, que era el jefe de todos, les gritó que se juntaran para echar de allí a aquel extraño y deshacerse de él  <Pues no tiene derecho>, dijo <A entrar en nuestro juego sin pedir permiso>»

 

«En cuanto a los muchachos de Emain, cuando acabaron de jugar se fueron cada uno a casa de su padre, o de quien estuviera a su cuidado. Pero Setanta echó a andar siguiendo la huella de los carros, y fue entreteniéndose por el camino como solía, con su pala y su pelota. Cuando llegó al prado que había delante de la casa del herrero, el mastín le oyó venir, y se puso a aullar de tal modo que sus voces se habrían podido oir en todo el Ulster; y se arrojó sobre él como si quisiera, no ya detenerle y hacerle pedazos, sino tragárselo de un bocado. El muchachito no tenía otras armas que su pelota y su pala; pero cuando vió que el mastín venía contra él, golpeó la pelota con tal fuerza que le entró por la boca y le atravesó todo el cuerpo».

 

O este párrafo que ofrece un relato poético junto con la descripción de costumbres arcaicas:

 

«Sacaron las cosas de la barca, y subieron en ella Cuchulain, Lugaid de las Bandas Rojas y Laeg; y desplegaron la vela, y navegaron durante un día y una noche, hasta que llegaron a una isla. Era una isla grande, buena y hermosa, que tenía alrededor un muro de plata y una empalizada de bronce.

Desembarcó Cuchulain, y vió una casa con columnas de bronce blanco, y en la casa ciento cincuenta camas, y un tablero de ajedrez, y un tablero de damas, y un arpa colgando sobre cada cama. Y vio que en la casa estaban un rey canoso y una reina, que vestían mantos de color púrpura labrados en oro de color oscuro, y tres muchachas, las tres de una misma edad, y cada cual con un vestido labrado con hilos de oro.

Hízoles el rey un recibimiento de amigo, y dijo: «Bienvenido entre nosotros es Cuchulain por Lugaid, y Laeg es bienvenido por su padre y su madre»

Pusieron entonces en el fuego tres pedazos de hierro y cuando estaban al rojo las tres muchachas los sacaron, y los metieron en tres cubas, y Cuchulain, Lugaid y Laeg se bañaron en las cubas. Oyeron después  ruido de armas y trompetas, y vieron entrar en la casa a cincuenta hombres armados, que cada dos traían un puerco y un buey, y cada uno una copa de aguamiel de avellanas. Después volvió a entrar cada uno de ellos con una carga de leña a la espalda, y guisaron los bueyes y los puercos, y hubo un banquete para cientos en honor de Cuchulain y sus compañeros.»


O este hermoso párrafo:

 

«Entonces Maeve hizo volver el carro y tomó el camino de regreso. Pero en seguida vio una cosa que la admiró, y fue que una mujer iba sentada en la pértiga del carro, mirándola; y era así: empuñaba una espada de bronce blanco, con siete anillos de oro bermejo, y parecía como si ella estuvera tejiendo una tela; se envolvía en un manto verde jaspeado, sujeto sobre el pecho con un broche de oro bermejo; tenía el rostro rubicundo y agradable, los ojos grises y la boca como bayas rojas, y al hablar su voz era más dulce que las cuerdas de un arpa curva; y la piel que dejaban ver sus vestidos era como la nieve de una sola noche. Largos pies tenía, muy blancos, y sus uñas rosadas e iguales; los cabellos de color amarillo dorado, con tres crenchas en torno a la cabeza, y otra que le caía suelta hasta más abajo de la rodilla.»

 

 

* El libro fue editado por Editorial Siruela

 

 

 

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