UNA ÉTICA DE LA TIERRA: El Almanaque del Condado Arenoso

 

Aldo Leopold (1887- 1948, Iowa – USA) es considerado un profeta y promotor del ecologismo en los países anglosajones. Estudió gestión forestal en Yale y poco tiempo después se involucró en asociaciones que, en principio, pedían una regulación de la caza y la pesca para no expoliar la naturaleza. Más adelante, fundó la Wilderness Society, donde expone sus ideas sobre una integración de la naturaleza y los seres humanos.

Fue, seguramente, el primero que expuso la idea de una ética y de una política que dejase de considerar a la naturaleza en términos puramente mercantiles. Esta obra es el Almanaque del Condado Arenoso (1941), del que incluyo varios fragmentos:

Febrero: Buen roble

Un viejo, viejísimo roble muere abatido por un rayo. Leopold nos va describiendo los anillos que forman el grueso tronco, a medida que la sierra del leñador va avanzando para cortar el árbol muerto:

«Ahora la sierra muerde en los años 1910-1920, la década del sueño del drenaje, cuando las excavadoras dejaron secos los pantanos del centro de Winsconsin para levantar granjas y, en su lugar, dejaron basureros. Nuestro pantano se libró, no gracias a la precaución o previsión de los ingenieros, sino porque el río lo inunda todos los abriles, y lo hizo como una venganza -quizás una venganza defensiva- en los años 1913-16. El roble siguió creciendo exactamente igual, incluso en 1915, cuando el Tribunal Supremo abolió los bosques estatales y el gobernador Phillip pontificaba que «la silvicultura estatal no es una buena propuesta de negocio». (Al gobernador no se le ocurrió pensar que podría habar más de una definición de lo que es bueo, incluso de lo que es negocio. No se le ocurrió que, mientras los tribunales estaban escribiendo una definición de bondad en los libros de leyes, los incendios escribían otra muy distinta sobre la cara de la tierra. Quizá, para ser gobernador, un tenga que estar libre de dudas en tales materias).

….

Cortamos 1909, cuando por primera vez se repoblaron los Grandes Lagos con esperlanes, y cuando un verano lluvioso indujo al Congreso a suprimir las asignaciones para incendios forestales.

Cortamos 1908, un año seco en el que ardieron los bosques con ferocidad, y Winsconsin entregó su último puma»

Ahora la sierra muerde en los años 1870, la década de la parrandera triguera de Winsconsin. Pero la mañana del lunes llegó en 1879, cuando las chinches, los gusanos, el moho y el agotamiento de la tierra convencieron por fín a los granjeros de Wisconsin de que no podían competir con las praderas vírgenes de más al oeste en el juego de sembrar trigo hasta matar la tierra»

Agosto: El prado verde

«Algunos cuadros se hacen famosos porque, al ser duraderos, los ven sucesivas generaciones, en cada una de las cuales es probable que haya unos pocos ojos que sepan apreciarlos.

Conozco un cuadro tan evanescente que pocos lo suelen ver, excepto algún ciervo errabundo. Es un río quien maneja el pincel, y es el mismo río quien, antes de que pueda llevar a mis amigos para que vean su obra, la borra para siempre de la vista del hombre. Después de eso, sólo existe para mi ojo interior.

Como otros artistas, mi río es temperamental; no se puede predecir cuándo le vienen las ganas de pintar, o cuánto le durarán. Pero en mitad del verano, cuando los grandes escuadrones blancos cruzan el cielo, un día impecable tras otro, merece la pena ir de paseo hasta los bancos de arena, sólo por ver si ha estado pintando.

Su trabajo empieza con una ancha cinta de sedimento, cepillado con finura en la arena de una orilla que retrocede. Mientras se va secando lentamente al sol, los jilgueros se bañan en sus pozas y los ciervos, las garzas reales, los chorlitos llamados matadores de ciervos, los mapaches y las tortugas cubren la cinta con los encajes de sus huellas»


«Arizona y Nuevo Méjico: Pensar como una montaña

Llegamos junto a la vieja loba a tiempo para ver un fiero fuego verde muriendo en sus ojos. Entonces observé -y desde entonces lo he sabido siempre- que había algo nuevo para mí en aquellos ojos, algo que solamente sabían ella y la montaña. Yo era joven en aquel entonces, y sentía una vehemente comezón por apretar el gatillo; pensaba que, ya que menos lobos significaban más ciervos, ningún lobo en absoluto, representaría el paraíso de los cazadores. Pero tras extinguirse aquel fuego verde, sentí que ni la loba ni la montaña compartín mi punto de vista.

Desde entonces, he visto como un estado tras otro extirpaban sus lobos. He contemplado el rostro de muchas montañas recién privadas de lobos, y he visto como las laderas meridionales se iban arrugando con laberintos de nuevas sendas de ciervos. He visto como eran ramoneados hasta el más mínimo arbusto y plantón comestibles, primero hasta el desmedro anémico y luego hasta la muerte. He visto todos los árboles comestibles defoliados hasta la altura de una silla de montar. Al final, los huesos de los tan anhelados ciervos, muertos de hambre por su número excesivo se blanquean junto a los despojos de la salvia muerta, o se convierten en polvo bajo los enebros.

Ahora barrunto que igual que un rebaño de ciervos vive sientiendo temor moral hacia sus lobos, una montaña vive sintiendo temor mortal hacia sus ciervos. Y acaso con mayor razón, pues mientras que un macho abatido por los lobos puede reemplazarse en dos o tres años, un territorio devastado por el exceso de ciervos puede tardar muchos decenios en recuperarse»

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2 respuestas a UNA ÉTICA DE LA TIERRA: El Almanaque del Condado Arenoso

  1. victor maldonado dijo:

    Soy profesor y tengo interés en el libro de Aldo Leopold «Almanaque del Condado Arenoso» si alguna persona pudiera proporcionarme un «link» para descargar el libro completo, yo lo agradezco.

    • Lydia dijo:

      Buenos días,
      Publicaré su comentario por si alguien pudiera ayudarle ya que yo misma no conozco ningún link. En cualquier caso el libro estaba publicado por la editorial «Los libros de la Catarata», en la calle Fuencarral 70, Madrid.

      Un cordial saludo.

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